Docentes, que una mala experiencia no os haga cerrar las puertas de vuestro aula a las familias.

Revisando mi bandeja de mensajes, entre ellos, había uno en particular de una compañera docente de Chile, a quien me quedé con ganas de poder ayudar más. Me expresaba su tristeza por el comportamiento de algunos padres hacia su docencia y, aún más, hacia su persona.

En ocasiones, lo que más podemos aportar es nuestra comprensión y solidaridad como compañeros docentes. Eso sí, podemos vernos reflejados todos.

Para empezar, una imagen donde no sólo se abren las puertas del aula, sino que se derriban sus muros. No se trata de ocultar, provocará recelo de las familias; sino de mostrar cuanto hacemos y cuanto viven sus hijos estando bajo nuestra responsabilidad.

Me comentaba esta compañera que un padre le había menospreciado su labor y expresado de forma airada su malestar con su hija al lado. Su desconcierto e indefensión fueron tremendos, no menos que su desconsuelo durante estos días.

Yo le expresé primero mi solidaridad mandándole un fuerte abrazo; después de todo, uno puede sentirse solo en esas situaciones violentas para un docente. Lo segundo, me expresaba que hacía cuanto estaba en sus manos y lo daba todo por sus alumnos; ya con eso debería quedarse tranquila, un docente que ama su profesión y lo da todo sabe que ofreció la mejor versión de sí mismo. Sin embargo, nadie puede quitarle su mal trago. ¿Alguna vez os ha pasado esto?

Le comenté acerca de mi reflexiones al respecto. La primera, donde le recordaba el trabajo en equipo con las familias como forma más armoniosa de buscar el bienestar de los niños. La segunda, donde le comentaba algún caso por el que yo he pasado y que si un maestro pone lo mejor de sí mismo en su labor, su corazón, es algo que tanto el niño como su familia suelen reconocer. Pero me faltaba algo más. La tristeza de esta compañera, y cuantos hayan pasado por un hecho así de desagradable, es muy comprensible.

Personalmente, he pasado por ahí. Casi catorce años de docencia dan para muchas anécdotas. Recuerdo en una ocasión que uno de mis alumnos durante una clase de plástica se cortó a sí mismo un flequillo de pelo. Allí estaba al día siguiente la madre con su hijo, diciendo delante de todos que «¿cómo ha permitido que se corte el flequillo?». De nada sirvieron mis explicaciones de que tenía veintiséis alumnos y me era imposible ver si en un momento de la clase el niño se había cortado unos pelos. Sí intenté hacerle ver que quizás en lugar de pedirme explicaciones a mí, hubiese sido más correcto preguntarle a su hijo qué hacía cortándose los pelos, y reafirmando mi postura de que no volviese a coger unas tijeras por un largo tiempo. Por supuesto, no se trataba de un duelo en «Ok Corral», pero jamás se debería intentar desautorizar al docente frente a sus alumnos; una situación desagradable, apenas llevaba un par de años de docencia por aquel entonces, pero incluso en ese momento intentaba buscar el aprendizaje de todos. Por cierto, aquella madre volvió a disculparse días más tarde, y más calmada, por haber actuado así.

En otra ocasión, una madre vino a clase pidiéndome más fichas de trabajo para su hija, que las realizase ella sola porque no podía atenderla y necesitaba tenerla entretenida durante toda la tarde. Obviamente, le recordé que es mi labor docente y que soy yo quien decide los ejercicios, actividades o tareas que llevaba. No quería saber nada de creatividad, producción libre y mucho menos que le ayudara con dictados… solo que estuviera en silencio trabajando durante las tardes. ¡Por nada del mundo iba a atiborrar a su hija de deberes por tenerla entretenida!!!! 😦 Tras perder los papeles al ver que no accedía a sus peticiones, la madre terminó añadiendo entre gritos un «y no vayas a tomar represalias con mi hija»… Mientras pensaba «¿qué culpa tendrá la hija del comportamiento de su madre?» le indicaba el final de la tutoría y la puerta de salida; pocas ofensas pueden haber más graves para un docente como acusarnos de tener maldad con un niño o una niña. Ahí no cabía debate alguno. Esta puede que fuese mi peor experiencia como maestro hasta la fecha, una pena la verdad.

En otras, como aquella ocasión que comenté en otro ‘post’, simplemente un padre me dijo que no le caía bien ni le gustaba como maestro para sus hijos (tenía dos hijos gemelos en mi clase, supongo que doble disgusto). Sumemos otras demandas de las familias que podamos encontrarnos tal como «le tiene manía a mi hijo», «no me gusta cómo da clase», «por qué ha sacado un 9 en lugar de un 10″… Y todas ellas pueden estar influenciadas, además, por el tono en el que te hagan las observaciones…

Tal como le comenté a nuestra compañera, igual que otros mensajes que me han llegado por el mismo motivo… ¡viene en la letra pequeña del contrato! Ojo, que al menos en España somos ya autoridad pública; pero más allá de temas legales SOMOS MAESTROS, con todo lo que conlleva.

Cuando lo das todo, eres docente por vocación, tratas a tus alumnos con respeto e intentas llevar una buena relación con sus familias porque entiendes que es necesario que participen de su formación y educación… desgraciadamente sufres algunas decepciones. Porque de eso se trata, decepciones. Si lo has dado todo solo puedes decir, «esto es cuanto tengo». Como en cualquier profesión, los docentes somos personas al igual que los padres también lo son. En esas relaciones podemos encontrar de todo. Pero en ese llanto desconsolado, piensa maestra en las muchísimas familias que respetan nuestra profesión, nuestra labor, nuestro esfuerzo… ¡Muchísimas más!!! ¡Hay un 99% de familias que hacen que te sientas querido y reconocido! Quédate con ellos, e intenta crecer con ese otro 1%. Si me paro a contarlas, me sobran dedos de una mano para los casos que he vivido. Es una «letra pequeña» que viene en nuestro contrato. Intentamos enseñar y educar a los niños; pero es necesario convivir y colaborar con sus familias. ¡Nos necesitamos mutuamente! Que una decepción no te haga cerrarles las puertas de tu clase.

Un proceso de enseñanza positivo para el alumnado, necesita de conexión y cercanía entre los docentes y los padres. Que un disgusto no te haga olvidar lo mucho que te da ese contacto. Sentir el cariño y reconocimiento de las familias es algo hermoso y gratificante como maestro. No cerremos las puertas de nuestro aula a los padres por una decepción sino al revés, ábrelas aún más que se contagien por tu vocación y entrega por sus hijos.

Personalmente, me siento muy afortunado por poder conocer a unos niños y niñas increíbles; pero también por una inmensa mayoría de familias que están junto a ellos y con los que es un verdadero placer trabajar en equipo con un objetivo común, lo mejor para sus hijos. Son unas personas maravillosas. Sigo en contacto con muchas familias de antiguos alumnos; pero igual que siempre serán mis alumnos también serán mis familias. Juntos somos más y mejores, nos necesitamos mutuamente.

Al finalizar cada curso, les ofrezco la posibilidad de decidir si quieren que siga con sus hijos el año siguiente. Me gusta escucharles, ser el tutor es una gran responsabilidad, y para ellos es algo muy importante. Si la opinión mayoritaria fuese contraria a mi continuidad, intentaria cambiar de grupo. A día de hoy, se ve que estaban tan contentos que siempre hemos seguido juntos. 😀

No somos dioses intocables y libres de todo enjuiciamiento. Al contrario, los docentes somos personas, con todas sus imperfecciones que siempre harán nuestra práctica mejorable. ¡Cuántas meteduras de pata llevaré en estos años! Pero siempre podré decir un «lo siento, lo he hecho lo mejor que he podido». Eso siempre lo valorarán; que vean tu entrega por la docencia y tu respeto y cariño por sus hijos. En esta vida hay personas de todo tipo y, obviamente, en todo los trabajos. Nunca lloverá a gusto de todos, ésa es otra realidad, ni podremos contentar a todos y cada uno de los padres. En alguna ocasión, viendo la disparidad de puntos de vista solo he podido terminar con un «lo siento, le he tocado yo». Desde el respeto a nuestra labor, siempre puede haber diálogo y discrepancia. Seguro que hay temas que veamos de forma distinta docentes y familias, pero es en los puntos comunes donde debemos buscar los nexos de unión por el bien de los niños.

Querida compañera, y por extensión a todos los compañeros docentes; a lo largo de nuestra labor habrá alguna persona que nos decepcione, pero son muchas más las que nos llenarán de alegría. ¿Acaso no es así la vida misma? No te quedes con una persona que no reconozca tu esfuerzo y dedicación, quédate con las otras noventa y nueve que si lo hacen. Y en cualquier caso, un fuerte abrazo y ánimo. Educamos a los niños y convivimos con sus familias. Es nuestra labor. Recuerda que no podrás controlar los pensamientos, interpretaciones y acciones de los demás; pero sí puedes controlar cómo reaccionas ante ellas. Somos ejemplo también en las adversidades. Cuando pongan en tela de juicio tu labor o tus actos respóndeles «veo que no me conoce, soy maestra».

Esta reflexión es para ti. 😉

Ya de paso, esta imagen recordando que debemos derribar las paredes del aula.

DOCENTES, ALUMNOS Y FAMILIAS ESTAMOS EN EL MISMO EQUIPO. 😉

¡Tenemos el mejor trabajo del mundo! 🙂

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